Aguinaldo 2019 del RM P. Ángel Fernández Artime

PRESENTACIÓN DEL AGUINALDO 2019

LEMA:

«Para que mi alegría esté en vosotros»

Jn 15,11

La Santidad también para ti

«Para que mi alegría esté en vosotros»

Mis queridos hermanos y hermanas, queridísima Familia Salesiana:

Continuando nuestra centenaria tradición, llegó al encuentro con todos vosotros al inicio de este nuevo año 2019, en cualquier lugar del mundo salesiano, que forma nuestra Familia en más de 140 países.

Y lo hago con un tema que nos es muy familiar, ya que el título se encuentra literalmente en la exhortación apostólica del Papa Francisco sobre la llamada  a la santidad  en el mundo  contemporáneo, Gaudete et Exsultate (GE)1.

Al elegir este tema y este título, no pretendo más que traducir la llamada que hace el Papa Francisco a nuestro lenguaje y sensibilidad carismática 2, haciendo aquellos  subrayados  que son tan ‘nuestros’ en el marco de la espiritualidad salesiana, esa de la que participamos los  31 grupos de nuestra Familia como heredad carismática recibida del Espíritu Santo, por medio  de  nuestro  amado  Padre  Don  Bosco  y  que, sin duda, nos ayudará a vivir con la alegría profunda  que  nos  viene  del Señor: «Para que mi alegría esté en vosotros» (Jn 15,11).

¿A quiénes dirijo estas palabras?

Puedo aseguraros, que quisiera que llegaran a  todos.

A todos vosotros, mis queridos hermanos salesianos SDB. A todos vosotros, hermanas y hermanos de las diversas Congregaciones e Institutos de Vida Consagrada y Laicales de la Familia Salesiana. A todos vosotros, hermanos y hermanas de las Asociaciones y Grupos  de nuestra Familia. A los padres y madres, educadoras, educadores, catequistas y animadores de todas nuestras presencias esparcidas por   el mundo. Y también a todos los adolescentes y jóvenes del extenso mundo salesiano.

Recojo la invitación que ha hecho el Papa a toda la Iglesia. Su exhortación no es un tratado sobre la santidad, sino una invitación, que lanza al mundo contemporáneo y a la Iglesia de modo particular, a vivir la vida como vocación y llamada a la santidad, pero una santidad encarnada en el hoy, en la realidad de cada uno, en el contexto  actual.

Me hago eco de esta llamada siempre fascinante a la santidad porque el ‘hoy’ de la Iglesia nos lo pide. Al igual que yo, los últimos Rectores Mayores han tenido intervenciones muy significativas sobre la santidad salesiana y nuestros santos  protectores 3.

Como en años anteriores pretendo, y me parece suficiente, que además de la lectura personal, se puedan aprovechar algunas líneas, indicaciones o pistas que  sirvan  como  propuestas  pastorales,  según los contextos y situaciones de cada presencia en los más  recónditos lugares  de  nuestro  ‘mundo’ salesiano.

DIOS LLAMA A TODOS A LA SANTIDAD

Me imagino que no pocas personas, quizá también entre nosotros y, se- guramente muchos jóvenes, que hayan escuchado esta llamada a la santidad que hace el Papa, habrán tenido la sensación de que esa palabra, santidad, resuena un poco extraña, ‘fuerte’ y desconocida en el lenguaje del mundo contemporáneo. No es impensable que existan bloqueos culturales o también interpretaciones que tiendan a ver toda referencia  a un camino de santidad como un espiritualismo alienante que evade de la realidad. O quizá, a lo sumo, se comprenda como una palabra aplicada y aplicable a quienes se venera, en imágenes, en los   templos.

De ahí que el esfuerzo del Papa para mostrar la perenne actualidad de la santidad cristiana —llamada que viene del mismo Dios en su Palabra—, se pueda proponer como meta para cada persona en su camino de vida; y es digno de admiración y hasta ‘atrevido’. Dios mismo «nos quiere santos y no se espera que nos contentemos con una existencia mediocre, aguada, inconsistente» (GE 1).

Lo primero que llama la atención, en la llamada de Papa Francisco, es la fuerza y la determinación con la cual afirma que la santidad es una llamada para todos, no solo para unos pocos, ya que corresponde al proyecto fundamental de Dios para nosotros, y le pertenece a la gente común, a la gente que llevamos una vida cotidiana ordinaria, hecha de cosas simples, propias de la vida de la gente  común.

Por lo mismo, no se trata de una santidad para unos pocos héroes o para personas excepcionales; por el contrario, se trata de un modo ordinario de vivir la existencia cristiana ordinaria, una manera de vivir la vida cristiana encarnada en el contexto de hoy con los riesgos, los desafíos y las oportunidades que Dios nos ofrece en el camino de la vida.

La Sagrada Escritura nos invita a ser santos: «sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48), y «santificaos y sed santos, pues yo, el Señor, soy santo» (Lev 11,44).

Se trata de una invitación explícita a hacer experiencia y testimoniar aquella perfección del amor, que no es otra cosa sino la santidad; en efecto la santidad consiste en la perfección del amor, un amor que en primer lugar se ha hecho carne en Cristo.

También san Pablo, escribe en la carta a los Efesios, refiriéndose  al Padre: «Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos   ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado» (Ef 1,4-6). «Ya no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos» (Jn 15,15). «Así pues, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios» (Ef 2,19). Por lo tanto, todos y cada uno estamos llamados a la santidad, que no es sino una vida plena y lograda, según el proyecto de Dios y en total comunión con Él y con los hermanos.

No es una perfección reservada a unos pocos;  es una llamada  para todos. Algo infinitamente precioso, lo  que  no  significa  algo raro o extraño: es vocación común a todos los creyentes, hermoso ofrecimiento de Dios a cada hombre y a cada mujer.

No es un camino de falsa espiritualidad, que aleja  de la plenitud  de la vida; es plenitud  de la naturaleza  humana, perfeccionada  por    la gracia. La vida en abundancia, como la promete Jesús. No es una característica que impone uniformidad, que banaliza, o que expresa rigidez; es, por el contrario, respuesta al soplo siempre nuevo del Espíritu, quien crea comunión valorizando las diferencias, puesto que es el Espíritu Santo que «se halla en el origen de los nobles ideales y de las iniciativas de bien de la humanidad en camino»4.

No se trata de un conjunto de valores aceptados en abstracto y actuados de manera formal; es, por el contrario, armonía de virtudes que encarnan estos valores en la vida.

No es solamente capacidad de rechazar el mal y de adherir al bien;    es la actitud constante, disponible y gozosa de vivir bien el bien.

No es una meta que se alcanza en un instante; es un camino progresivo, según la paciencia y la benevolencia de Dios, que interpelan la libertad y el compromiso personal.

No es una actitud de exclusión de aquel que es diferente.

En definitiva, santidad es la vida según las bienaventuranzas, para llegar a ser sal y luz del mundo; es camino de profunda humanización, como lo es toda auténtica experiencia espiritual. Por eso llegar a ser santos no exigirá alienarse de sí mismo o alejarse de los propios hermanos, sino más bien vivir una vida intensa con decisión y riqueza de humanidad, y una experiencia de comunión (a veces cansadora) en las relaciones con los otros.

«Hacerse santos» es, para un cristiano, el compromiso primero y más urgente

Es san Agustín quien dice: «viva será mi vida llena de ti»5. Y en Dios mismo está la razón de esta posibilidad de un camino de santidad tras las huellas de Cristo. Para el cristiano este camino de santificación es posible gracias al don de Dios en Cristo: en Él —del cual los santos y ante todo la Virgen María son admirable reflejo—, se manifiestan, al mismo tiempo, la plenitud del rostro de Dios y el verdadero rostro del hombre. En Jesucristo resplandecen juntos el rostro de Dios y el rostro del hombre. En Jesús encontramos al hombre de Galilea y el rostro del Padre: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9).

Jesús, Verbo hecho carne, es la palabra plena y definitiva del Padre. A partir de la encarnación la voluntad de Dios se encuentra en la persona de Cristo. Él, en su vida, en sus palabras y en sus silencios,  en sus opciones y en sus acciones y, sobre todo, en su pasión, muerte  y resurrección, nos muestra cuál es el proyecto de Dios para todo hombre y mujer, cuál es su voluntad y cómo corresponderle.

Para cada uno de nosotros hoy, este proyecto de Dios es, ‘sencillamente’, la plenitud  de la vida  cristiana, que se mide  por la estatura que Cristo alcanza en nosotros y por el grado como, con la Gracia Del Espíritu Santo, vamos modelando nuestra vida según la de Jesús el Señor. No significa, por tanto, realizar cosas extraordinarias, sino vivir  unido  al Señor, haciendo  nuestras  sus actitudes, sus pensamientos y comportamientos. De hecho, también comulgar en la Eucaristía  significa expresar y testimoniar  que queremos  hacer  nuestro  su estilo,  su modo de vivir y su misma   misión.

El mismo Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la Iglesia, se expresa decididamente acerca de la llamada universala la santidad afirmando que nadie está excluido de ella: «Una misma es la santidad que cultivan, en los múltiples géneros de vida y ocupaciones, todos   los que son guiados por el Espíritu de Dios [...] siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, a fin de merecer ser hechos partícipes de su gloria» (LG41).

«La santidad de la puerta al lado»

Y la llamada universal a la santidad

Edith Stein, atea en aquel momento, cuenta haber recibido, a través de dos encuentros, un estímulo decisivo para su conversión. El primero, con la esposa de un amigo muerto en la guerra: esta mujer, viuda, confesaba cómo en medio de su dolor atroz había experimentado la  luz y la fuerza sorprendentes de la fe. El segundo, con una anciana que, un día de trabajo lleno de quehaceres, llevando las bolsas de la compra, para vivir un momento de intensa comunión y de adoración a Jesús en la Eucaristía, había entrado en una iglesia donde se encontraba Edith por intereses artísticos.

Don Bosco tuvo como mamá y primera maestra a Margarita Occhiena, una simple campesina sin estudio alguno, menos aún teológicos, pero con la inteligencia del corazón y la obediencia de la fe.

Santa Teresa de Lisieux solía decir que, cuando era pequeña, no comprendía mucho de lo que decía el sacerdote, pero le era suficiente mirar el rostro de su papá Louis para comprenderlo.

Ninguno de estos laicos —Ana Reinach amiga de Edith, la desconocida señora con las bolsas de la compra, Mamá Margarita o papá Louis Martin— han pensado alguna vez, seguramente, en ser santos, y tampoco se habrán dado cuenta del influjo que ejercían sobre las personas que le estaban cerca, con su sencilla actitud ordinaria, de la cual tal vez no eran conscientes.

La presencia de estas personas simples y determinantes, de estos «santos de la puerta de al lado» (GE 7) —como los llama Papa Francisco—, nos recuerda que en la vida lo importante es vivir la santidad, no   tanto llegar a ser reconocidos como tales, algún día.  Además, nos  hace pensar que los mismos santos canonizados beben de la santidad humilde del pueblo de Dios: la gloria de los primeros es, al mismo tiempo, gloria para los otros en una profunda comunión.

Y vivir la santidad es la experiencia de ser precedidos y salvados por el amor de Dios y de aprender a corresponder a este amor fiel. Es la responsabilidad de responder a un don  grande.

En este sentido quizá una de las aportaciones más importantes a la espiritualidad cristiana sea la del obispo  de Ginebra, Francisco  de Sales,  con su esfuerzo por proponer santidad para todos, haciendo pasar la devoción de los claustros al mundo. En su espléndida obra Introducción a la vida devota escribe: «Dios, en el acto de la creación, mandó que cada planta diese fruto según su especie (Gén 1,11-12); de igual modo se ordena a los cristianos, plantas vivas de su  Iglesia,  que  produzcan frutos de devoción según su propia  calidad  y carácter. La devoción  debe ser practicada  de  forma  diferente  por  el  caballero, por  el  artesano, por el criado, por  el príncipe, por  la viuda, por  la doncella, por  la casada; y   no solo esto, hay que acomodar también su práctica con las fuerzas, las ocupaciones y los deberes de cada estado (…) Dondequiera que nos encontremos, podemos  y debemos  aspirar  a la  vida perfecta»6.

La historia de la Iglesia está muy marcada por innumerables mujeres y hombres que, con su fe, con su caridad  y con su propia  vida han sido como faros que han iluminado y siguen iluminando a muchas generaciones a lo largo de los años, incluso de los siglos. Ellos son testimonio vivo de cómo la fuerza del Resucitado ha llegado en sus vidas hasta el punto al que llegó san Pablo, afirmando (muchas veces sin expresarlo): «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gál, 2,20), y lo han plasmado unas veces con la heroicidad de sus virtudes, otras hasta con el sacrificio de la propia vida en el martirio, y otras «en el ofrecer la propia vida por los otros, mantenida así hasta la muerte» (GE 5). Pero existe también esa santidad anónima, esa que no llegará nunca a los altares, esa que es seguramente la expresión de una vida no perfecta, pero que, en medio de las imperfecciones y las caídas, ha seguido adelante y ha agradado al Señor (Cf. GE 3). Es la santidad de la propia madre, de una abuela o de otras personas cercanas; la santidad de la pareja que hace un hermoso camino de crecimiento en su amor; de esos padres que crecen, maduran  y  se  donan  generosamente  a sus hijos, a menudo con sacrificios que nunca se sabrán. Hombres y mujeres, nos recuerda el Papa, que trabajan duramente para llevar el pan a casa; enfermos que viven su enfermedad con paz y en espíritu  de fe y comunión con el Jesús doliente; religiosas ya ancianas, con una vida donada, desgastada, que conservan la sonrisa y la  esperanza…

Se puede afirmar con certeza que, en todas las épocas de la historia de la Iglesia y en todas las latitudes, ha habido y hay santos de todas  las edades, de todos los estados de vida y muy distintos entre  sí.

Lo expresó también muy bellamente el Papa Benedicto XVI dando su propio testimonio con estas palabras: «Quiero añadir que para mí no sólo algunos grandes santos, a los que amo y conozco bien, son señales de tráfico, señales en el camino, sino también  los santos  sencillos, es decir,  las personas buenas que veo en mi vida, que nunca serán canonizadas.   Son personas normales, por decirlo de alguna manera, sin un heroísmo visible, pero en su bondad de todos los días veo la verdad de la fe».

Ciertamente, todo esto lo encontramos en el modo en que tantas personas han encarnado el camino cristiano en su vida. Algunos pueden parecer ‘pequeños’ y otros grandes, pero todos en un camino que atrae y fascina.

El mismo  Papa  Benedicto, en una expresión  que me parece  preciosa    y  que  podría  resumir  magníficamente  el  mensaje  de  este  Aguinaldo,  dice: «Queridos Amigos,¡qué grande y bella, y también sencilla, es la vocación cristiana vista con esta luz! Todos estamos llamados a la santidad: es la medida de la vida cristiana».

María de Nazaret: una luz única en el camino de santidad

Todos estos caminos sencillos y anónimos de santidad tienen siempre un modelo al cual mirar y en el cual reflejarse. La santidad cristiana tiene en María de Nazaret, madre del Señor, del Hijo de Dios, el más bello y cercano modelo.

María es la mujer del «heme aquí» pleno y total a la voluntad de Dios y en este decir sí, «hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38) encuentra la beatitud plena y profunda por todo lo que ese ‘fiat’ le supuso desde la fe, no solo cuando el hijo deja el hogar y se separa porque debe llevar a cabo la misión del Padre, sino en el momento extremo de vivir el dolor de su crucifixión y muerte, dolor atroz como madre.

En María, la Madre del Señor, podemos encontrar la riqueza de una vida que aceptó el plan de Dios en todo momento, una vida que ha sido un ‘aquí estoy’ permanente dicho a Dios. Qué fascinante resulta  desde esta perspectiva contemplar a María y meditar el valor de la existencia humana  y su sentido  pleno  en la clave  de  eternidad.

En su valiente aceptación del misterioso plan de Dios llega a ser Madre de todos los creyentes, modelo para nosotros de escucha y aceptación de la Palabra de Dios, y guía segura hacia la santidad. Y esto porque nos enseña que solo Dios hace grande nuestra vida. «El  ser humano es grande solo si Dios es grande. Con María debemos comenzar a comprender que es así. No debemos alejarnos de Dios, sino hacer que Dios esté presente, hacer que Dios sea grande en nuestra vida; así, también nosotros seremos divinos: tendremos todo el esplendor de la dignidad divina»9.

Por todo ello, es impensable un camino sencillo de santidad del cristiano sin tener puesta la mirada en María la Madre. Contemplarla  es aprende a creer, aprender a esperar, aprender a amar. Y si de su mano oramos como ella y con ella, ciertamente experimentamos en nuestro andar cotidiano ese consuelo que solo puede venir de Dios. Además, invocar como Madre del Hijo de Dios será abrir nuestros corazones al regalo, al don, de su intercesión como Madre del Hijo y de sus hijos.

Con sensibilidad salesiana…

Podríamos decir  que, si llegamos  a ser santos, lo tenemos  todo.  Si no nos hacemos santos, lo perdemos todo. La santidad como meta  y la invitación insistente y conmovedora a alcanzarla, es también el gran mensaje de Don Bosco, el eje alrededor del cual gira toda su propuesta espiritual y su testimonio de vida. Esta santidad de Don Bosco es sencilla y simpática pero robusta, y así la comunica y contagia. En la afirmación de Domingo Savio: «Por tanto yo debo y quiero ser todo del Señor y quiero hacerme santo y seré infeliz mientras no sea santo»11, resuena mucho —si no todo— lo que Don Bosco había sabido comunicarle, hasta aquel sermón en el cual Domingo había podido escuchar estas palabras animadoras y desafiantes: «Es voluntad de Dios que nos hagamos todos santos; es muy fácil lograrlo; hay un gran premio preparado en el cielo para quien se hace santo; es fácil hacerse santos»12… El mismo Don Bosco sigue escribiendo, a renglón seguido, que aquella predicación fue la que encendió en Domingo Savio   todo su corazón en amor de Dios. Y en la sabiduría pedagógica y espiritual de Don Bosco, que moderar el deseo penitencial de Domingo y le sugería más bien fidelidad a la vida de oración, al estudio y a sus deberes bien hechos, así como asiduidad a la recreación (y, podemos decir, a toda la dimensión de la vida de relación), se evidencia la conciencia, típicamente salesiana, de la llamada universal a la  santidad.

Al fundar la Sociedad de San Francisco de Sales, y después el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora (junto con Madre Mazzarello, cofundadora), Don Bosco se propone como primer objetivo, hasta el día de hoy, la santificación de sus miembros 13. Lo recuerda Don Rua a los Salesianos, poco tiempo después, cuando les exhorta de este modo:

«Esto nos inculcó nuestro amadísimo Don Bosco en el primer artículo de la Santa Regla, donde nos dice que el fin de nuestra Pía Sociedad es, ante todo, la perfección cristiana de sus miembros y después toda obra de caridad espiritual y corporal para con los jóvenes»14. Sin ella, todo el empuje apostólico hacia los muchachos y muchachas podría llegar a ser estéril. Don Bosco sabe perfectamente que la primera manera, la más radical y decisiva, la única incluso para ayudar a los demás es ser santos.

En esta «escuela de nueva y atrayente espiritualidad apostólica»15, Don Bosco lee el Evangelio con una originalidad pedagógica y pastoral que «implica esencialmente una síntesis nueva y equilibrada, armónica  y orgánica, a su estilo, de los elementos comunes a la santidad cristiana, donde las virtudes y los medios de santificación tienen un lugar propio, una dosificación, una simetría y una belleza que los caracteriza»16.

 

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